jueves, 12 de enero de 2017

No Disparen al Pianista


NO DISPAREN AL PIANISTA

En el saloon, ese lugar donde, una vez cobrado el jornal, los vaqueros acudían a jugar, beber y dirimir disputas, se solía colocar un cartel cerca del piano con la leyenda: Por favor, no disparen al pianista. El sentido no era otro que el de alentar a los pistoleros a que se matasen entre ellos, pero que tuvieran cuidado de no herir a inocentes de cuyo trabajo, además, dependía el espectáculo del local.

Evolución más o menos lógica serían los honky tonks, por lo general rudos locales del más profundo sur estadounidense, normalmente cercanos a poblados mineros, enclaves militares o lugares de extracción de petróleo, que, al igual que en las cantinas del viejo oeste, servían alcohol a los obreros en sus ratos de asueto, ofreciendo  espectáculos de pianistas o de pequeñas bandas. Con la llegada de la modernidad el cartelito mutó en una rejilla metálica, que se activaba en cuanto el personal comenzaba a hacer gala de su mal beber, salvaguardando a los músicos de objetos voladores y transformando el escenario en una especie de jaula desde la que poder seguir tocando.

La máxima y más macabra expresión de tirotear a gente inocente en un bar la podríamos encontrar en la histórica sala de conciertos parisina Bataclan, cuando unos individuos dispararon indiscriminadamente sobre la multitud  durante un ataque terrorista.

Almería, ciudad conocida mundialmente por haber sido escenario de rodaje de innumerables westerns durante las décadas 60 y 70, vivió su propio episodio cuando en enero de 1905, Adolfo Olmedo, profesor de piano que actuaba diariamente en el famoso Café Suizo de la capital, situado en el Paseo de Almería, moría apuñalado como consecuencia de un peculiar asunto amoroso.

Con el devenir del tiempo el significado del anunciado cartel ha derivado en algo así como instar a tener cuidado de no dañar a los inocentes que no participen en la pelea. Ejemplos no faltan, desde los bombardeos de hospitales infantiles de Alepo o la culpabilización de la crisis a los funcionarios públicos.

El pianista nunca tiene la culpa de que el whisky sea de ínfima calidad, ni de que la ruleta esté trucada, ni de que las cartas estén marcadas, ni de que a las chicas del can-can les preocupe más nuestra cartera que el corazón. Es más, ni siquiera suele tener la culpa de que el piano esté desafinado, generalmente propiedad del mal encarado dueño del local al que, parapetado tras la barra con una recortá, nadie se atreve a disparar a pesar de, en este caso, probablemente, sí ser responsable de todo lo anterior. Por eso, por favor, no disparen al pianista; aunque sea el de Cine de Barrio.

Antonio Jesús García

Publicado La Voz de Almería (12-1-17)


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